sábado, 22 de junio de 2013

Mujeres, escrituras y africanos

Leí este texto el miércoles 19 de junio de 2013 en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en el marco de la presentación de la antología "Nada que ver". Ese libro, editado por Caballo Negro y Recovecos, está compuesto por 14 cuentos y relatos de escritoras rosarinas; yo, entre ellas. 


Entre los africanos, cuando un narrador llega al final de un cuento, pone su palma en el suelo y dice: “aquí dejo mi historia para que otro la lleve”.
Esto lo cuenta María Teresa Andruetto en un libro que se llama Hacia una literatura sin adjetivos. Y ella agrega: “Cada final es un comienzo, una historia que nace una y otra vez, un nuevo libro”.
Creo que la frase de los africanos y la de María Teresa pueden juntarse, superponerse, como quien busca el par de lentes adecuados para mirar a trasluz los relatos incluidos en Nada que ver.
Dejar la historia para que otra persona se la lleve es un acto de entrega, donde se abrazan quien habla y quien escucha. Se trata de un juego que recomienza cada vez que alguien, en algún lugar, cuenta una historia y otro escucha, y otro cuenta y así.
Por otro lado, si cada final es un comienzo, en el caso de un libro coral como éste, las historias empiezan y terminan todo el tiempo. Pero quizás no empiezan ni terminan cuando cada autora pone un punto final. Quizás estas historias son la continuación de una lengua que es anterior a nosotras como escritoras.
¿A qué me refiero? Cada uno de estos relatos está escrito en una lengua propia, la que surge del proceso de escritura. Pero a la vez, cada lengua dialoga con las otras. Así vamos construyendo un relato continuo que, sin embargo, es distinto según la voz de quien escribe y la sensibilidad de quien lee.
Entonces, este libro es también un acto generoso porque cada escritora deja su historia y la otra, la que viene detrás, recoge el guante. Y así, hasta el final, aunque no hablemos de lo mismo, aunque nuestros textos no supieran de antemano con qué otros textos iban a dialogar.
Es decir, damos nuestras historias para compartirlas con quien lee. Pero también, por ser una colección de relatos de autoras diversas, dejamos nuestra historia a los pies de la historia que viene.
Y a la vez, todos estos relatos son la continuación de la voz de cada mujer que alguna vez, en algún lugar, contó una historia para sentirse menos sola.
Nada que ver se abre con un prólogo hermoso de la escritora, poeta y crítica Beatriz Vignoli que busca los rasgos comunes y también lo singular en cada relato.
Un rasgo común, evidente, es que todas somos rosarinas. Pero bueno, aquí hay que detenerse en la letra chica. Si uno se fija en la parte final, donde hay pequeñas biografías, advierte que muchas nacieron en Rosario y otras no nacimos en Rosario. La importancia del origen para cada una es distinta. Pero lo interesante es que de algún modo, el hecho de que seamos de Rosario, pero también de San Pedro, de Casilda, de Amstrong o de Firmat, hace de este libro un texto muy rosarino que, a mí entender, desmiente el título.
Porque Rosario es una ciudad con origen y presente mestizos, de muchas sangres venidas de muchos lugares. Esas sangres tienen que ver entre sí, le dan a la ciudad una fisonomía, una cultura, un modo de hablar, un modo de estar en el mundo que la diferencia de otras ciudades. Hablo de sangres españolas e italianas, sí, pero también africanas, bolivianas, chinas y peruanas.
Rosario es una ciudad en la que vivimos o hemos vivido, que hemos amado y padecido, que nos atrae y muchas veces, también nos expulsa. No todos estos relatos aluden a la ciudad como geografía. En eso sí no tienen nada que ver. Y sin embargo, en ellos hay rastros de una lengua propia del lugar que a mí, en una lectura personal y arbitraria, se me fue apareciendo casi sin querer. O será que yo busco esos rastros porque ellos hablan de quien soy.
Hay alusiones evidentes a cierta “rosarinidad” como la calle Pocho Lepratti, la humedad o el colectivo de la línea 127 en el relato “El fulgor de lo imaginario” de Laura Oriato. Natalia Massei en su texto “Travesti” –que habla de una travesti- alude a un cementerio que conozco, a un Marcelo Scalona que conozco. ¿Importa conocer o no conocer? Para nada. Cada cual construirá en su imaginación una calle Pocho Lepratti, un cementerio, un Marcelo Scalona. Genial. Pero en lo personal, encontrar esas marcas en los textos me gusta.
Debe ser porque en Buenos Aires, donde vivo ahora, la gente tiene otras referencias, otros lugares comunes, otros recuerdos, que a mí no me suenan. Entonces, como lectora, adoro encontrar lugares y personas que me suenen y me resuenen. Quizás, como les dije, porque yo sí siento que tengo mucho que ver con Rosario.
Esta suerte de tensión entre el idioma cercano y el que suena como de otro lugar, es una marca de agua en el texto “Viejos tíos” de María Laura Frucella. Laura vive en Barcelona. Entonces por debajo de su lengua, de a ratos neutra, aparecen unas pepitas de oro pequeñísimas. Por ejemplo, en el relato hay unas tías que van colmando las mesas de “confituras, mantecados, tartas”. Esta enumeración, con un levísimo aire catalán, se quiebra cuando irrumpe al final del párrafo la criollísima “pasta frola”, que quizás vino de Suiza, como leí, pero en Suiza no hay membrillo ni batata. Nuestro origen, repito, es mestizo, y estos cuentos lo son.
Siguiendo con algunos rasgos comunes, Beatriz dice que en estas historias, la experiencia de poseer “un cuarto propio” de la escritura que aísla de los mandatos de género, ocupa un lugar central. Me parece importante señalar esto.
Las mujeres que hablan en los relatos de este libro no son, por suerte, políticamente correctas. Se ocupan, más bien, de las fisuras en los mandatos de género y, por supuesto, del héteropatriarcado. Imaginen si no lo que promete un cuento como “Tu madre no quería hijos” de Lorena Aguado, que además de ese título tiene frases tan intensas y hermosas como “le dije a mi hermano que las personas con miedo maltratan al mundo”. O el sugestivo nombre “Encima”, de Mercedes Gómez de la Cruz. El monólogo interior del hombre y la mujer de ese cuento indaga en un asunto realmente profundo: coger o no coger. Y habla de coger, a secas. Y el verbo está muy bien utilizado. Coger, no por amor, no para formar familias, sino por razones más atávicas. O sea, coger porque sí. También me gustó de ese relato el gran sentido del humor, el juego cachondo de Mercedes con las palabras.
Desde un registro distinto, la chica de “Turquesa”, de Manuela Suárez, también cuestiona los mandatos cuando sus uñas pintadas de lila se ensucian con un color negro del que no daremos más detalles acá así se quedan con la intriga. Y siguiendo con el tema de las fisuras, el yo ficcional construido por Irina Garbatzky confiesa un odio fraterno, el odio a la otra, que es su hermana, en “Los dobles y el jaguar”.
Hay otros relatos cuya tensión se construye por lo que se omite más que por lo que se dice. Por ejemplo, “Cuando viene la nube” de Amanda Poliester. O “Escombros de una pirámide humana” de Mayra Rodríguez. Amanda y Mayra son muy sabias porque dejan que sus personajes hagan lo que puedan. Los acompañan, les dan voz, pero no pretenden que los personajes hagan lo que ellas quieren sino lo que pueden en función de sus circunstancias.
Seguí “El camino de las hormigas” para llegar a su autora, Verónica Laurino. Y cuando esto sucedió, y la encontré, ella me regaló su novela “Jardines del infierno”. Como señala Beatriz, Véronica explora en estos dos textos “los ecosistemas naturales como microcosmos del mundo humano, a través de personajes femeninos dotados del don de comunicar ambos reinos entre sí”.
La verdad es que, con Verónica, más que conocernos, nos reconocimos como las hormigas que juntan sus antenas porque apenas empezamos a charlar encontramos que teníamos mucha gente en común. Es que en Rosario la gente en general ya se conoce, se cruza, comparte –o ha compartido- amistades. Comparte –o ha compartido- libros, recitales, bares, chapoteos en el río e inclusive amantes.
Este libro me ha reunido con mujeres que no conocía y también con otras que sí conocía. Con Celeste Galiano y con Carolina Musa estudiamos Comunicación Social, al igual que Lorena Aguado y María Laura Isaia.
Celeste escribió para este libro una serie de microficciones bajo el título “Orbis nostrum” que significa “Nuestra ciudad”. En estos cuentos, el entorno habla mucho de los personajes; el entorno adquiere la fuerza de un otro frente al cual los personajes no siempre están en igualdad de condiciones. Hay que ver quién gana la batalla en cada caso.
En julio de 2012, hace casi un año, presentamos este mismo libro en Córdoba junto a Eugenia Almeida. En esa oportunidad, Eugenia habló de su fascinación por el relato “Inventario” de Carolina Musa, un viaje largo y agobiante que va socavando la palabra, la enrarece, la devuelve al papel convertida en un objeto extraño, poético. Comparto la fascinación de Eugenia y señalo, justamente, que muchas de las mujeres de este libro son, también poetas.
Sobre mi texto, “Flor rara” sólo voy a decir que hace poco encontré una canción de Christina Rosenvinge, que se llama “Flores raras” y que esa correspondencia me causó gracia. Me gusta la música de Cristina pero no conocía ese tema o quizás sí pero lo olvidé. También publiqué un texto en mi blog que se llama “Patas de rana” y a la vez, ése es el título de una novela de Amanda Poliester. Y esa novela está en mi biblioteca. Así que ésta es la evidencia de lo que decía al principio, que nuestra lengua está habitada por otras y que la escritura, muchas veces, revela cuántas lenguas nos hablan y cuántas hemos olvidado.
Volviendo al tema de la poesía, hay una frase de Wislawa Szyborska que dice: “En el lenguaje de la poesía donde se calibra cada palabra, nada es normal. Ni una sola piedra, ni una sola nube. Y sobre todo, ni una sola existencia, ninguna existencia en el mundo”.
Así Wislawa le devuelve a las palabras toda su carga de rareza, de extrañamiento, de aquello que se mira por primera vez. Y así subvierte también la idea de que las cosas deben ser “normales”. Como históricamente debimos ser “normales” las mujeres hasta que decidimos patear el tablero.
Dejar nuestras historias para que otros las lleven –como dicen los africanos que, entre paréntesis, también vienen de una tradición de sojuzgamiento- ha sido, en el caso de las mujeres, un acto de sabiduría para perpetuarnos como género. Y un acto de rebeldía frente a quienes no nos consideraban dignas de vida ni de escritura.
Beatriz habla en el prólogo del “cuarto propio” y no puedo menos que volver a ese territorio común hecho de palabras que Virginia Woolf y otras vienen tejiendo a fuerza de convicción. Ellas nos dejan sus historias. Y ahora nosotras hacemos lo mismo: ponemos nuestra palma en el suelo y dejamos nuestra palabra para que ustedes se la lleven.





sábado, 20 de abril de 2013

Patas de rana


Al fin las conseguí. Una semana dando vueltas por todos los negocios de deportes preguntando lo mismo: “tiene patas de ranas, las cortas, para entrenamiento”. En los negocios de deporte, ahora me doy cuenta, hay zapatillas como cientos de modelos de autos nuevos. Hay pantalones, camperas, pelotas. Es decir, hay muchas cosas grandes, para tipos. Igual, el marketing se avivó y en los últimos años incluyen ropa de chicas, con los logos bordados en magenta y la ropa un poco más estilizada.  Pero una cosa es eso y otra, lo que yo buscaba. Hay pocas patas de rana en Buenos Aires.

Los empleados tienen la manía de echarle la culpa a las importaciones. Ya me pasó una vez cuando andaba buscando una minipimer (bueno, sí, mis compras son modestas). Los tipos decían con una especie de resignación teatral, las manos en los bolsillos, la vista baja: “Y, viste, son las importaciones”. Es decir, por la merma de “las importaciones” (y por elevación, por las medidas proteccionistas del Gobierno) no había minipimer en toda la ciudad.

Con las patas de rana pasaba lo mismo: no había mi talle (tengo los pies pequeños) porque las fabrican en China y hay una enorme muralla china que muere en los pies del Río de la Plata y que impide que entren chinadas número 36.

Hasta que no fue así. “¿Cómo te llamás?” me preguntó la empleada. Le dije. “Yo me llamo Yésica y te voy a atender. Decime lo que necesitás”. Miré las paredes tapizadas de modelos de zapatillas, las raquetas ultralivianas (tan distintas de esas de madera que usábamos para jugar cuando éramos chicas y nuestra cancha era la calle), las pelotas de fútbol, de rugby, de básquet, los bolsos, las mochilas, los skates, las camperas de tela triple shark (livianas y abrigadísimas), las canilleras, los palos de hockey… Soy nueva en el deporte. Nunca me gustaron las casas de deporte. Ponen música fuerte y te atienden pibes con los pelos parados con gel que murmuran entre ellos cada vez que entra una piba con calzas. Yésica tiene calzas. Le quedan mejor que a mí. Yo mando a lavar mis remeras a un lavadero cercano y por ahí, vuelven un poco encogidas. Entonces me las pongo y procuro estirarlas, para que sean menos estrechas, más largas, para que tapen la cola porque –como ha dicho mi tío Norberto- las mujeres de la familia tenemos baulera grande. Y qué le voy a hacer. Uso las calzas como vengan. Si alguno me piropea por la calle, lo puteo. Me gusta piropear babosos. “Pajero inmundo” dicho en voz alta, con cara de superada, es lo más. Porque una cosa es putear con miedo y otra con suficiencia. Si putéas a un piropeador pasado de rosca, hacelo con suficiencia. En general se amedrentan y siguen viaje.

El asunto es que Yésica me dijo que sí tenía patas de rana. Para eso me había tenido que ir hasta la zona de Cabildo, ahí por Belgrano, que me queda bien lejos de mi casa. “Ya te las traigo, las tengo que buscar en el depósito”. Dio media vuelta y se fue. El local no estaba muy lleno. Empecé a escuchar las cacerolas. Un chan chan metálico, oscuro, un poco afónico al principio. Miré hacia afuera. La gente que salía del trabajo se mezclaba con otra que llevaba banderas argentinas como capas. Super Argentinos. Gente que puede comprar las zapatillas grandes como autos para caminar más y mejor dentro de la cuadrícula de sus propias ideas. Todos tenemos nuestras propias ideas. Salir a decirlas en la calle y que no tengan que ver ni con falta de comida ni con falta de empleo ni con falta de educación es un avance.

Volvió Yésica. Las vi. Negras, elegantes, suaves, ajustándose a mis pies como unos zapatos de diseño. Me sentí rara caminando por la alfombra azul con esas patas, como si intentara zambullirme en un mar compacto. Las pagué, las metí en la mochila, agradecí a Yésica su amabilidad y me fui al subte. Pasé por delante de un bar. En la vereda había dos mujeres sentadas, una joven y otra vieja. La joven tenía un bebé en brazos y hablaba con un celular que tenía pegatinas de Hello Kitty. La vieja golpeaba una botella de agua mineral vacía contra la mesa y gritaba a quien quisiera escucharla “acá la oposición tiene que armar un triunvirato”.

Viajé con gente con cara de cansancio, con gente que leía, con gente que llevaba sus banderas, su cacerola. El subte estaba cortado en la última estación, Catedral, la que te deja en Plaza de Mayo, y sólo llegaba sólo hasta la 9 de Julio. Hacía calor y eso que las hojas de los árboles ya están caídas. Debajo de un cartel de Swiss Medical dos señoras comían choripán y agitaban campanitas. Eso es raro: hacer de las campanitas un arma de protesta. Con las campanitas una llama a los ángeles, a Papá Noel. Parece que también a las mucamas pero pienso que quizás eso sea ficción de telenovela. No se puede llamar a una persona con un sonidito. Para algo la gente tiene nombre.

Me sentí perdida. Cinco años viviendo en Baires y me sigo perdiendo. Le pregunté a una mujer dónde estaba Avenida de Mayo. Tenía que llegar. Tocaba Franco Luciani en Los 36 Billares y quería verlo antes de que se vaya a Canadá. Si te dicen que es armoniquista, que toca temas de tango y folklore por ahí pensás que es un embole. Pero no. Es músico. Es estudioso de la música y de la historia. Transforma su armónica en un bandoneón que suspira como lo hizo Piazzolla. Transforma su armónica en un lamento, en una respiración, en un instrumento que es como una parte de su cuerpo. Y cuando termina de tocar, sonríe como si todo fuera una travesura que salió bien. Y siempre, siempre, presenta a los músicos que lo acompañan.

La mujer me indicó dónde estaba Avenida de Mayo. ¿Vas al Congreso?, preguntó con una especie de complicidad. Le dije que no. Y crucé la calle. Pasó un cartel que decía “Traición a la Patria” con un dibujo de la Presidenta con una melena al viento, golpeando a otra mujer en el piso, vestida de blanco y celeste, con los ojos tapados. Me cruzó un escalofrío. El presente nos ha costado demasiadas mujeres y hombres golpeados con los ojos tapados, asesinados, arrojados al mar, a la hondura de una tierra que todavía no los devolvió.

Unos muchachos se sacaban fotos haciendo fuck you. Se reían del chiste. En otras marchas, la gente pone los dedos en ve. Cuando Perón fue derrocado en el 55, Sid Vicious –todo un símbolo contracultural que enfrentaba las cámaras de fotos con cara de pasado- no había nacido. Y esos muchachos me parecieron adolescentes rebeldes a destiempo, chicos que desafían a la madre cuando los manda a bañar antes de prepararles la cena. Perón murió en el 74, Sid tenía por entonces 17 años y una leyenda entre los bolsillos de sus pantalones chupines que terminaría en el asuntito de la bañera. Por esa época alguna otra leyenda dice que dijo "Volveremos en el 2008, seremos felices, no seremos infelices jóvenes urbanos, sino mutantes del cosmos”. Una frase parecida, pro sin mutantes, fue dicha por Eva, la mujer del general y antes, en 1781, por un cacique aymara antes de ser descuartizado. Esos dedos en alto de los muchachos eran una burla sin destinatario claro, eran lo que piensan de la política: que se hace de a uno, individualmente. Y con el dedo en alto, como los antiguos facones que los dueños de estancia usaban para dominar chinitos y chinitas rebeldes. Un gesto sin historia, pero por donde la historia se mete sin pedir permiso, mestiza en sus orígenes y su presente. Los dedos en ve sí reivindican esa historia y se bancan que sea una historia contradictoria, múltiple.

Me perdí por una calle lateral y luego seguí por Avenida de Mayo. A esta altura parece un cliché pero juro que había muchas señoras rubias.  No sé por qué Almodóvar dijo una vez que una mujer debe tener el color de pelos y de ojos que quiera, que si se siente rubia, debe teñirse sin culpas, que una es lo que quiere mostrar de sí misma.

Llegué a Los 36 Billares como si emergiera, triunfante pero un poco agotada,  de aguas barrosas. Para algo tengo patas de rana nuevas que me ayuda n a nadar. Me encontré a Karina, que le hace prensa a Franco y una vez me guió por los mundos del dos por cuatro para hacer una investigación sobre el mito de San Pugliese. Ella es mi San Pugliesa. Y ahí quedé, escuchando al pibe Luciani, que arrancó con una versión de “Moneda de cobre”, ese tango compuesto en el cuarenta que dice “Tu padre era rubio, borracho y malevo, / tu madre era negra con labios malvón / mulata naciste con ojos de cielo / y mota en el pelo de negro carbón”.

jueves, 24 de enero de 2013

Zapateros


Al zapatero de mi infancia nunca lo vi de cerca. Era un hombre misterioso que trabajaba en un cuartito pegado al lugar donde te atendía su mujer.

 Su local estaba siempre impecable, como si fuera una oficina contable con paredes marrones, aunque olía a poxi ran. Detrás de la puerta había una rama de olivo y una estampita de algún santo, enlazadas con una cinta roja. Cuando entrabas, el tintineo de la campana chocaba contra los vidrios y arrastraba a la rama y a la estampita. Todo se agitaba. Pero era el único atisbo de movimiento en medio de la quietud. Eso y la cortina que separaba el local delantero del resto de la casa. En verano, se movía como una melena wellapon.

No conocía la cara del zapatero pero escuchaba ruidos, golpeteos. Y el zumbido de una radio. Di Giullio. Así se llamaba.

“Andá a buscarme los zapatos a lo de Di Giullio” decía mi madre. Y el mandado era de los desabridos. Me gustaba mucho más pasear por lugares como Casa Cristy, que era la tienda donde vendían los vestidos para nenas más hermosos de Firmat. O Bazar Julián, donde siempre ligaba algún vaso dibujado con animalitos.

 Pero las excursiones a lo de Di Giullio parecían aburridas. En ellas no había novedad: volvía a casa con zapatos que lucían tan gastados como antes, un poco hermoseados por el betún y la buena voluntad de zapatero, envueltos en papel de diario.

 Una vez creo que se asomó para decirle algo a la mujer. Su rostro fue una suerte de revelación: ahí estaba, cansado, amable, con pocas ganas de hablar. Obvio, no recuerdo su cara. Si la recordase, no habría lugar para la sorpresa y el mito. Unos lentes gruesos, sujetos al cuello por una cadenita… quizás no sean ciertos.

Los zapateros se parecen. Me refiero a esa renuencia por mostrarse. Cuando te atienden, lo hacen como si no les quedara otra. Miran de soslayo, anotan en un papelito el encargo, te dan un comprobante y vuelven a sus cosas, a la radio que zumba y es un animalito que hace compañía y no molesta. Pero no hay que tomar esa indiferencia aparente como un asunto personal: ellos se sienten cómodos en mundos discretos.

 Del segundo zapatero recuerdo mucho mejor su lugar de trabajo y el rostro. Pero no el nombre. Era algo así como Carlos pero no era Carlos. Igual, le vamos a poner así. El Negro, mi novio de entonces, vivía al lado, en Rosario.

 Carlos era lo contrario de Gi Giullio. Su zapatería era un caos. Pequeña, un localcito a la calle donde, apenas entrabas, te topabas con montañas de zapatos subiendo casi hasta el techo sólo por azar o por desidia de los clientes que los dejaron ahí. Esa imagen era inquietante, penosa. ¿Quién olvidó esos zapatos? ¿No fue a buscarlos porque no pudo o no quiso o porque al fin compró otros nuevos? ¿Qué pasaba entonces con esos zapatos abandonados, huérfanos?

 Carlitos parecía joven de a ratos, cuando levantaba la vista. Pero al encorvarse otra vez sobre su trabajo, podía ser muy viejo. Con el tiempo me saqué la duda y supe que pasaba raspando los cuarenta. Pero eso fue después de muchos años, como las cosas que nunca se preguntan hasta que se revelan solas.

 Una mata de pelo oscuro y ondulado le caía sobre la nuca. Su delantal estaba manchado de betún. Se pasaba los días en esa piecita. No sólo los días laborales: todos. Su madre tomaba fresco en la puerta y también tomaba los pedidos. Un día dejó de estar. Se enfermó y se murió. Ese día, la zapatería estuvo cerrada. "Son cosas que pasan", dijo Carlitos cuando lo fui a saludar.

También lo saludé unos meses después, cuando fui a buscar algunas cosas que habían quedado ahí. Las separaciones están sembradas de pequeños actos incómodos que hay que completar a tiempo como si fueran trámites con fecha de vencimiento, para que la tristeza no deje lugar a un sentimiento más ajado, más indefinido, menos altruista.

-Tengo algo para mostrarte, me dijo el Negro de repente, después de un silencio largo, él en su cocina hirviendo verduras, yo en una pieza decidiendo que toda esa montaña de ropa ya no era mía, mejor regalarla. Los libros, no. Los libros, en las cajas.

El Negro fue hasta la computadora sobre su escritorio. Y me mostró unas fotos. Eran de Carlitos. Casi irreconocible. De pie, con traje impecable y unos lentes oscuros, como de dealer o de tipo importante, con los rulos cayéndole sobre la frente. En otra, adelante de la pila de zapatos viejos pero como si los zapatos le estuvieran haciendo un coro mientras él cantaba, mudo, trajeado, convertido en otro. Carlitos de perfil, arriba de una cuatro por cuatro, los vidrios bajos, el brazo apoyado en la ventana, el cielo azul por detrás, manejando hacia las estrellas.

 -Las sacó Pancho, explicó el Negro.

 Ese es el otro asunto de las separaciones. Algunos amigos quedan de un lado o del otro. A Pancho –que es fotógrafo profesional- le tocó el incómodo lugar del medio ya que era amigo de los dos. Pero de a poco se fue ladeando para el lado del Negro, un poco porque Pancho vive en Rosario y yo me vine a Buenos Aires, otro poco porque hay cosas inevitables y esos dos, tan adorables, tenían demasiado en común como para no compartir trinchera.

 El asunto es que Carlitos estaba ahí, en la pantalla brillante de la mac, jugando a ser otro por un rato, convertido en personaje de revista porque las fotos eran, justamente, para una revista. Se lo veía muy serio en principio. En las manos de Carlitos estaban los rastros de sus dedos endurecidos a costa de moldear cuero, su verdadero arte. Pero si se miraba con más atención, si se acercaba el ojo lo suficiente, se advertía una mueca pequeñísima de risa. Un atisbo de travesura, como quien apila con paciencia muchos zapatos esperando el día que, de un solo movimiento, pueda hacerlos caer todos juntos, al mismo tiempo.

 

martes, 22 de enero de 2013

Los pájaros se vuelan


Para Victoria, Sonia, Maite, Juliana y Gimena
 
La mujer es diminuta y pesa poco más que la gota de sudor (una sola) que resbala discretamente por la sien. Ella no se da cuenta o no le importa. Se acaricia brevemente la mejilla y vuelve a posar sus manos (nudosas) en la falda. Lleva un saquito que quizás es un poco caluroso para andar en subte. El saquito tiene flores celestes. Quizás se parezcan un poco a sus ojos pero no se sabe porque sus ojos son dos líneas que se engrosan de a ratos. Tampoco es que esté con los ojos cerrados, dormidos. Parece más bien ajena al traqueteo del vagón, a la gente que entra y sale. Se sobresalta un poco, eso sí, cuando el subte se detiene en cada estación. Empezó preguntándole a una chica que lleva audífonos gigantes. Pero la chica se bajó hace un rato. En ese asiento se instaló un hombre gordo con una remera que dice “Feel like God” (sentite como Dios). El hombre gordo lleva upa a un niñito gordo que va tomando como puede un helado que se tambalea. Es un helado oscuro, chocolate o algo así, que se chorrea lentamente y le cae por las manos. El hombre se las seca cada tanto con una de esas servilletas de papel inútiles que te dan en las heladerías, de un papel casi transparente y resbaladizo. El chico sigue aplicado a la tarea de ir más rápido que el helado. Le pasa la lengua por un costado, por otro, y también se mancha la boca.

Los miro porque me gusta. Hace poco una amiga hizo una nota para un suplemento de mujeres donde les preguntaba a unas cuantas a qué jugaban. Al burako, al TEG, a la canasta, a chapotear en el agua, a trepar árboles, al fútbol, inclusive. Es decir, las mujeres no juegan a seducir varones como el único juego que imponen ciertas revistas y la tele y esos papelitos horribles y siniestros que tipos aún más horribles y siniestros pegan en Florida con avisos de chicas hermosas que ofrecen sexo como jugando (en realidad, muchas veces son prostíbulos ilegales, si ves esos papelitos, arrancalos, es un acto casi ínfimo al lado del problema monstruoso pero es algo). Si yo hubiese respondido la encuesta que mi amiga hizo por feisbuk, hubiese respondido que yo miro gente, que mi juego es estudiarla, ver cómo va vestida, cómo gesticula, inventarle una vida, pensar quién la espera (o no) a la salida del subte.

Me gusta la señora diminuta en su asiento, abstraída, como sentada en un pequeño trono de plástico que le queda grande pero al que accede porque no le importa, porque el subte es su carruaje y ella debe llegar a algún lado. Por algo lleva el saquito elegante, esa pollera larga también floreada, moteada de pimpollos, y esas sandalias de taco bajo de las que sobresalen unos dedos pintados con esmalte color perla. A las señoras grandes les gustan los esmaltes color perla más que los mate. Es decir, los esmaltes de brillo satinado, como el blanco que lleva la señora en la uña de los pies, al final de las sandalias bajas. Las señoras usan sandalias bajas. Debe ser para no caerse. Las chicas más jóvenes también usamos sandalias bajas. Pero es para estar más cómodas para esas jornadas de trabajo que no terminan nunca, para correr de acá hasta allá. Pero llega un momento donde no podemos correr más. A mí me pasó hace un tiempo. Y me sigue pasando.

Debe ser eso lo que me tiene preocupada desde hace días. Que no puedo correr. No es un asunto de los huesos. No. Es que mi cuerpo no quiere correr más. Tampoco quiere agitarse cuando ciertas cosas no me gustan. En esos momentos el corazón me palpita y tengo que respirar muy hondo para no hablar, para no decir. La psiquiatra me dijo que no responda a ciertas provocaciones. Hay gente que te dice cómo vivir. Y que se enoja si un día decís que no querés vivir así. Porque sucede que un día una se da cuenta de que correr para otros, estar pendiente de otros (por razones diversas, atávicas, cada cual puede llenar a su antojo la línea de puntos) es un asunto que en verdad tiene que ver con una. Una y los otros. Sería un buen título para una película de Kieślowski. Qué lástima que pasó de moda. Debe ser que la gente que se muere corre el riesgo de pasar de moda. Igual, hay películas que envejecen con mucha elegancia. Como Tootsie. Anoche vi Tootsie en el cable. Jessica Lange le dice a Dustin Hoffman (vestido de chica, encantador con su maquillaje cargado, su pelucota y sus ojos embadurnados de meik up) que es difícil para una mujer vivir en los ochenta. Que a ella le encantaría un hombre que viniera y le dijera que quiere conocerla, que él también anda un poco confundido y que quizás funcione o no pero que en todo caso, pueden intentarlo y empezar por algún lado, o sea, haciendo el amor. Dustin-Tootsie la mira como una madre comprensiva y a la vez, como un hombre que la desea. Salvando las distancias, Virginia Woolf tampoco la tuvo fácil. Las chicas de hoy, que éramos niñas en los ochenta, no somos excepción. Y seguramente la señora que viaja frente a mí debió enfrentar algunos problemas. Quizás los esté enfrentando ahora mismo. (Pero parece muy tranquila).

Vuelvo a mirar a la señora para no pensar en mí, en cosas que me angustian. Me gusta su piel fina como de papel para secarse las manos, con unas pecas color té, casi invisibles, que le suben por los brazos y el escote. Porque la señora tiene un escote, discreto. (¿Qué mira la señora? Tiene ese modo oblicuo de mirar de las señoras grandes). Hace un tiempo, una amiga me recomendó que tengo que mirar así a la gente que no me gusta, como atravesándola, como interesada en algo que está más allá de ellos. No me sale, yo miro a la gente de frente. Y si me resulta perturbador, bajo la mirada. Por eso miro a ver cómo mira esta señora, para aprender. Y sí, mira como si su interés estuviera puesto en un punto invisible, más allá de cualquier contorno humano. Eso. Ella mira cierta cosa que está más allá, algún pájaro invisible que se nos posa en el hombro, o toda una bandada de pájaros que no vemos y que nos vuelan alrededor, a veces como un cuento de hadas, a veces como una de Hitchock. Seguro que Hitchcock sabía de qué hablaba cuando pobló la pantalla de pájaros negros, como había hecho hacía tiempo Van Gogh en una tela que se me acaba de venir a la memoria.

Como estos no fueron días fáciles, fui de una psiquiatra. Ahora voy a parar un ratito para decir algo poco amable: me pasman las historias de chicas que van a la terapia, al psicoanálisis. A menos que se tomen el asunto en serio, como Alison Bechdel, que en su última novela gráfica se mete a fondo en sus sueños, en la descripción de sus terapeutas, en eso que en las facultades se denomina “neurosis” para investigar el vínculo con su madre. Pero en general, cuando en los relatos una persona dice que va del terapeuta, dice poco, para ahí. Quizás esté bien. Al fin de cuentas, no hay por qué contar qué hace alguien en terapia. Sí, hace bien hacer terapia. Pero como yo un día no pude caminar, y algo me empezó a hacer un ruido espantoso por dentro, el ruido de mi corazón acelerado, llamé a mi terapeuta y ella me derivó a una psiquiatra. De pelo rojo. No quiero decir más que esto: la psiquiatra me recomendó que se me vuelen los pájaros. De veras. Se refería a los pájaros de la escritura. “Vos los dejás volar y ellos vuelven con historias para susurrarte, que debés escribir”. También me dijo que mi laburo, el periodismo, consiste en escribir para otros, a cambio de un sueldo, el capitalismo y esas cosas. Escribir poemas, relatos, cuentos, es antes que nada, una necesidad interna. Acuciante. Que no tiene una “utilidad” excepto la belleza, la huella imperceptible de una palabra en una hoja en algún lugar del mundo, para otro u otra que te busca tanto como vos buscás a otros u otras para leerlos porque leer poemas, cuentos, relatos es, por momentos, casi lo único que te mantiene viva. Eso, y el amor. El amor es muchas cosas, tiene formas que cada uno sabe.

El vagón se detiene una vez más. La señora sale de su estado de mirar más allá y le pregunta al hombre que lleva el niño upa qué estación es esa. El hombre responde y la señora se levanta con una vitalidad sorprendente, como si supiera correr. Entonces me pasa al lado. La puerta del vagón tarda un poco en abrirse. Al niño se le cae el helado. Queda poco pero igual hace un charco oscuro y pegajoso en el piso. Al niño parece no importarle. Su padre le limpia los dedos con su camisa, quizás porque ya no hay servilletas, con un gesto de cariño parecido a Dios.

La señora vestida de flores me mira. Los pájaros luminosos y los pájaros negros, todos los pájaros que me aletean alrededor, invisibles pero contundentes, se inquietan. La señora no mira los pájaros, sin embargo. Su mirada no es elusiva, ni oblicua, ni suave ni nada. Me mira a mí. Directamente. Con una intensidad que hace que sus ojos de agua sean inundación y agua limpia y una inmersión hacia lo profundo que no causa angustia sino calma, un bálsamo sobre una llaga ardiente. Los pájaros de repente se amansaron. Y aquí estoy, sentada, escribiendo esto que pasó.

jueves, 27 de septiembre de 2012

El reino azul


2.

A las cinco de la tarde, la zona cercana al Parque de España estalla de pibes y pibas. Van en grupo de acá para allá. Toman una especie de licuado rojo en vasitos de plástico (después de andar un rato voy a ver que uno de los carritos más concurridos es el que dice “granizado de frutilla fresh”). Fuman. Se miran, se atisban, se gritan cosas de vez en cuando, siguen. Son cientos. Algunos son hermosos. Y no tienen nada que ver con esos títulos catástrofe que suele poner un diario de Rosario cada 22 de setiembre donde se habla de “riñas”, “vándalos”, “detenidos”. Los que ponen esos títulos nunca fueron jóvenes. Nacieron con la chomba puesta. Aceptaron que sus madres les comprasen las medias. Les ponen bozal a las palabras, las llevan de paseo hasta la portada del diario y ahí las abandonan. Así que no es extraño que desconfíen de un piercing o un skate.

Igual, hay policías por todos lados. Los de la Guardia Urbana (vestidos de naranja), los de Prefectura (vestidos de marrón), los polícia-policía (vestidos de negro y, dios, avanzando en fila mientras marchan todos al mismo paso). Pasa que al pic nic de la primavera de esa zona lo organiza el municipio. Así que si te ven con una botella de cerveza, te la vacían. Vi a un poeta joven fumando cosas apoyado en un auto junto a sus amigos. Lo vi después con uno de los de marrón que se le iba al humo mientras él arrojaba la tuca por ahí. No pasó a mayores.

Hay tres escenarios: uno de bandas emergentes, otro de rock y otro de cumbia. Este último está lleno. Me voy para el de rock. Pero antes me compro un pancho. La señora que atiende me ofrece salsas de todos los gustos (de choclo, picante, salsa golf) y lluvia de papas. Y yo le digo que bueno, que ponga un poco de todo, que gracias, y llego justo cuando Julio Franchi sale al escenario.

A Julio lo conocí cuando tenía diez años y una familia que era “esa-que-todos-en-Firmat-queríamos-tener”. Sus dos hermanos menores ahora son artistas como él. Su papá, Miguel y su madre, Lila, eran nuestros profesores de teatro, a comienzos de los noventa. Gente que reivindicaba de veras a Perón, que proponía hacer ensayos de obras que íbamos creando entre todos al aire libre, que te proponía leer a Girondo, a Gelman, a Jácques Prévert, componer un personaje que hablara como Eva y como Alejandra Pizarnik. Gente que se sentaba a escuchar el recién salido Pelusón of milk. Y que además, daban clases en los barrios. Ahí, en Firmat, nació Germinal Terrakius, un personaje que fue mutando de tiempo en tiempo pero que básicamente comenzó siendo un comentarista de fútbol que devino en un político con mucha más cabeza que los cínicos vendepatria de esos días. Miguel se llenaba de spray su melena oscura, se ponía unas gafas de nadar, un sobretodo, un megáfono y se transformaba en Germinal. Su éxito en el pueblo fue rotundo y hasta tuvo su propio programa en el cable. (Pongo en Google el nombre de Germinal. Me entero que a fines del año pasado hizo su última show. Y también: “Recientemente Franchi, consultado sobre el repliegue de Germinal, dijo: ‘Si alguna vez vuelve, promete trabajar mucho para mejorar unas cuantas cosas’. Enterado de esto, Germinal replicó: ‘Porque no se va a cagar, me hubiera avisado que estaba tan disconforme. Nadie sabe lo que me ha costado aguantarlo 20 años’.)

El aire se quedaba quieto, suspendido, cuando Lila llegaba a la pileta en verano, tan hermosa con sus ojos verde mate, el pelo enruladísimo cayendo por los hombros y una bikini de breteles finos. Cada vez que pienso en ella hay un recuerdo que vuelve. Estábamos en la municipalidad (un edificio cuadrado, con alfombras de un azul marino formal, donde por entonces se daban algunos talleres) y Lila empezó a decir que para un artista, antes que actuar, escribir o pintar, lo primero era observar. “Si sabés mirar, tenés el cincuenta por ciento de la cuestión resuelta”, aseguró. Fue como una fórmula mágica. Y encima le echó unos polvos de colores para que hiciera combustión. Entonces dijo: “reivindiquemos la belleza. Y hagámoslo inclusive desde la misma palabra. Hay cosas que no son “lindas” sino “bellas”. Hay que saber la diferencia. Hay que saber buscar. Hay que usar más y mejores palabras para nombrar el mundo”.

Con gente así, podíamos dispersar el aire turbio del menemismo por un rato. El clima de época se podía sintetizar en una historieta que nos mostró Miguel una tarde: “El Reino Azul”, con guión de Carlos Trillo y Enrique Breccia. Era la historia de un rey que exigía que toda la comarca fuera azul. Pero la gente seguía cagando en marrón y transformó sus soretes en un acto de resistencia, dejándolos de contrabando en calles y monumentos. Entonces el rey manda a que la comarca se pinte de marrón. Y es ahí cuando, en medio de la noche, bajo un farol, alguien deposita un sorete… azul. (Hago Google otra vez. Encuentro la historieta. Abro el archivo y me vuelven las briznas del pasto recién cortado de una tarde de verano, los mosquitos, las hamacas, el laberinto –había un juego que se llamaba así- y todo un grupete de adolescentes matando el tiempo mientras leíamos esa Fierro a la sombra).

Julio comenzó a recitar un verso que hablaba de platos y lenguas.  Y después pronunció “Oliverio Girondo” y arrancó con un tema. Creo que a Oliverio le hubiese encantado que su palabra circulara entre unos cuantos adolescentes que habían preferido ir ahí antes que meterse en el tumulto de la cumbia auspiciada por una radio FM. Me gustan muchos de sus temas y en especial “Uno contra uno” que dice: “la música me gusta pero el grito no me alcanza / ahora siento algo que me está sacando de mi casa / uy, que bueno enamorarme de nuevo / uy, que bueno me saco todo el veneno y me quemo”.

Con gente así, que cuenta historias sinceras y va dejando rastros, la belleza del mundo pervive en medio de mucha basura. Pensando en esas cosas vuelvo al Parque de España. Ahí comienza el día 2 del Festival de Poesía. Para mí, el día uno.

martes, 25 de septiembre de 2012

El poema azaroso


1.
Abro el paquete con tres facturas. Está plegado con cuidado, los bordes de arriba juntos en la punta y vueltos a doblar. Es una obra de Jorge, el panadero, que tiene su negocio al lado de mi casa.
Jorge era publicista en los sesenta y trabajaba en el Palacio Barolo (el de Avenida de Mayo que está inspirado en La Divina Comedia). Su panadería está decorada con objetos tan insólitos como un poster antiguo de Marilyn Monroe, la talla en madera de un gato montés que le trajo un antropólogo yanqui que trabaja en El Chaco, unas latas de cerveza escritas en ruso y decenas de estatuitas de holandeses con vestimenta típica que se besan. Esas últimas las guarda en una vitrina. Pasa que a la panadería va gente de todo el mundo que finalmente le regala cosas.
Elijo la torta negra, que huele levadura y luce mejor que la de crema, un poco apelmazada porque quedó al fondo del bolso. “Te vas a atorar”, sentencia una señora al lado mío. Estamos las dos en Retiro, sentadas en esas butacas de plástico que hay cerca de las plataformas, donde la gente se pone a fumar rodeada de bultos y valijas. La señora es menuda, tiene arrugas y un flequillo de nena, colorado. Sonríe. “Dale un mate”, le indica a una chica joven que va con ella, con un flequillo parecido. La chica
obedece. Golpea el borde del mate de chapa para que la yerba se junte en el costado. Ahí echa agua. Me lo alcanza.
“En el sol está lindo pero acá, a la sombra, hace frío”, dice la señora a cuento de nada. Le digo que sí. Le ofrezco una factura. Ella acepta la de crema y la parte al medio. Le da una mitad a la chica, que busca dónde apoyar el termo. Finalmente lo deja en el piso, entre unos bolsos.
-¿Dónde vas?- pregunta la señora.
-A Rosario.
-Ah, nosotras también. Vamos al casamiento de mi sobrina. ¿Vos qué vas a hacer?
-Voy al festival de poesía.
-Qué lindo.
La señora dice que en El Rosarino, estacionado a unos metros, hay unas personas que van al mismo festival. No sé de dónde sacó eso. “Lo escuché porque viste que están
renegando”, dice como si me leyera el pensamiento. Se refiere a que hay un grupo de pasajeros que desde las nueve de la mañana intentan llegar a Rosario pero el colectivo no sale porque se rompió. Los pasajeros están apiñados alrededor del chofer. Ahora son casi las once. A veces pasa. Cada vez que llego a Retiro, miro al cielo más allá de la Torre de los Ingleses y ruego que el colectivo salga más o menos a horario. También ruego que no deba viajar con gente conocida. Es que cuando viajo no me sale hablar. Bah, me cansa. Decir cosas es mi trabajo de periodista. Pero a veces viene mejor el silencio. Sin embargo, es un trabajo extraño éste porque no tiene horarios y una lleva ciertos vicios allí donde va. Por ejemplo, mirar, sacar conclusiones, apuntar en una libreta, entender después la caligrafía apresurada. Tengo unas cuantas libretas con apuntecitos sobre personas, lugares, frases. Como no siempre anoto quién dice qué, si pongo las frases una debajo de la otra, tengo un poema azaroso. Por ejemplo “todos necesitamos la amabilidad de los extraños / fletes Pablo 48550205/ las piletas vacías, un gato que cruza los techos, la ropa cuelga de la soga, yo miro desde el balcón/ entrevista Putos Peronistas”. Es de locos.
“Mi sobrina se casa en el local de Paladini”, comenta la señora, que se ve que es mucho más práctica que yo al momento de tener una conversación. “Mi hermano es empleado de Paladini y le cedieron el local para la fiesta”. Le pregunto qué se va a poner. Un pantalón. Y nada de tacos. “Ella sí se va a poner tacos, porque está en la edad”, agrega mientras señala a la chica, que vuelve a sonreír. Me pregunta si soy poeta. Bueno, no sé.
Le digo que no, que soy periodista. Qué incomodidad, no tenía ganas de
hablar de eso. Pero la señora, por suerte, quiere hablar de ella. “Yo trabajo en casa de familia”, dice. “Y ella en un kiosko. Nosotras vivíamos en Villa Gobernador Gálvez pero nos vinimos para acá”, agrega. La chica me ofrece otro mate. Acepto. Le pregunto a la chica dónde vive “Glew”, responde y eso es todo lo que dirá.
Todavía faltan unos minutos para las once. Abro la valija para buscar un libro que a último momento metí por algún lado. La señora ve que llevo varias pelotas de tenis dispersas entre la ropa. Pregunta por qué las llevo. Le respondo que me las dio un amigo para una amiga que las usa para hacer masajes. Es más o menos cierto. “Yo tenía una perra que era loca por las pelotas de tenis”, dice la señora. Y agrega: “Yo trabajaba cerca de una cancha de Adrogué que no tenía tejido alto. Entonces todo el tiempo saltaban pelotas. Algunas me las guardaba para la perra. Ahora la perra no está más y la cancha la tapiaron”.
El colectivo llega a las once, puntualmente. Subimos. La señora y la chica se sientan bastante adelante.
Sigo hacia atrás. Llevo Chan Marshall, un libro precioso de Luis Chaves, poeta costarricense que conocí en el festival el año pasado. “Unida a la suya, / la sombra del globo / la sigue a rastras por los adoquines. / Es el parque del pueblo / que la niña cruza / mientras en la cantina / suena la canción / que habla de ella, / de su vida, / treinta años en el futuro”, escribe Luis en “Mil novecientos sesenta y seis (Chan Marshall remix)”. Luis debe estar contento ahora que ella, que Cat Power, tiene disco nuevo. Escucho “The Greatest”, que tiene unos cuantos años. Pienso en la escena de esa peli de Wong Kar Wai donde Chan toca la puerta de vidrio del bar cerrado y su ex, Jude Law, sale y le abre. Ella le entrega una llave, de algún lugar que compartieron y le dice que se está yendo en un vuelo, en unas horas. Le sale vapor de los labios mientras habla porque hace frío. Ella le besa a él los labios con un roce. “Once I wanted to be the greatest”, canta ella misma de fondo. La gente que canta puede armar la banda de sonido de su propia vida con algunos temas propios.
“A Ivana, esta hiedra que crece cuando la leen”, me escribió Luis en la dedicatoria. El primer cuento que publiqué después de muchos años tiene una hiedra en los primeros párrafos, por Luis, por un cuento hermoso de Hebe Uhart, esa gente que una convoca sin saber para que protejan la escritura y la hagan crecer.
El colectivo cruza la ciudad y la deja atrás. Primero, el Río de la Plata, esa tersura oscura que siempre me inquieta porque esconde secretos atroces. Después, los campos. Muchos están sembrados de alfalfa estos días. Son campos amarillos.



miércoles, 19 de septiembre de 2012

Chico dinamita amor



La último que hice  antes de cerrar la puerta de mi departamento porteño fue meter adentro de la valija un abrigo. Es negro, todo peludo, divino. Me hace acordar a un tapado que mi abuela usaba para ir a los velorios de gente importante, los labios pintados, un par de tacos que se torcían cuando la caminata era más allá de las tres cuadras. Pero no, no es igual. Quizás me guste porque además del toque vintage, tiene un corte campera inflable “lista para la acción” y un cuello suntuoso de diva. Se la compré a una amiga por facebook. Ella no la usaba más. Bah, la usó dos veces, dijo. Yo la estrené en un recital de Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete, una banda de La Plata que cada tanto viene a Baires. Estuvimos con Juan, que vendría a ser el chico que me gusta, y también con mis amigos Martín y Ana, y otros músicos, todos sentados en unos sillones desvencijados, en un sótano de Barracas desde el cual se escuchaba la lluvia cada vez más fuerte. En un momento alguien pateó la mesita cerca de los sillones, cayó el vino, una copa de vidrio estalló contra el piso y no importó. Fue una noche hermosa. Y ésta también iba a serlo. Por eso había que llevar el abrigo a Rosario. Porque tocaba Coki y sus Killer Burritos.
El colectivo entró en la terminal a eso de las siete de la tarde. Me gusta llegar escuchando Kiko Veneno mientras busco la silueta alta de Juan entre la gente, que esta vez no pudo llegar. Claro, no lo dije antes. Juan es rosarino. "Estoy renegando con el botón del baño", me avisó por mensaje de texto. Le respondí que no se preocupara, que llegaba por las mías. Conozco las calles de Rosario. Por algo viví allá casi quince años. El mensaje me pareció, entre otras cosas, doméstico, adorable. ¿Cómo explicarlo? Está bueno cuando lo cotidiano puede andar desnudo y las cosas se aceptan como vienen, porque eso es la vida y, supongo, el amor.
Llegamos al bar Pugliese a la medianoche. Había una humedad alevosa. Desde el asfalto se elevaba un vapor tenue que ni llegaba a existir del todo, pisado por las ruedas de los taxis. En la vereda estaba el Eloy y otra gente. Eloy tiene unas camisas auténticamente mexicanas, bordadas, hermosas. Llevaba puesta una, con rosas rojas bajándole por los hombros. También estaba Mario, que es una suerte de manager de Coki. Me chusmeó al pasar algo que no entendí porque iba llegando gente que Mario saludaba y por eso no podía completar las frases. Juan tradujo: "va a estar Fito". 
Al rato aparecieron en el escenario dos chicas, una en bajo y otra en guitarra, y atrás un pibe. La banda se llamaba “Escéptica”. Por alguna razón, había asociado ese nombre a un grupete lleno de sintetizadores, no a este power trío, que seguro son amigos de Eloy, el más punk de Rosario. Eso no implica que se vaya dando la cabeza contra los puentes, como dice la gente que no sabe y como leí en un cuento muy triste de un ruso, cuando era chica. Significa que agarra su bajo y le saca sonidos duros. Eso es todo. Después, cuando vas a su bar –que se llama “El Diablito”- y te quedás sin plata, por ahí te dice “no hay problemas, tomá lo que quieras que te anoto” mientras pone temas de Morrisey y saca de por ahí un cuadernito con espiral.
Mientras tocaban las chicas, Juan se puso a charlar con el dueño de Pugliese, que se llama así por eso de San Pugliese, un mito que a don Osvaldo le causaba gracia. Según su nieta, él decía que no era posible que hubiese un santo comunista. Después de los “Escéptica” apareció Coki a eso de la una de la mañana, con un saco entallado y un pañuelo blanco y negro, haciendo cuernitos con las dos manos, y su banda detrás: el Eloy; Diego Olivero en teclados; Franco Mascotti, en guitarra y Tito Barrera en batería.
Comenzó con temas de “Chico dinamita amor”,  su último disco, que va a salir a fin de año con un dvd que por ahora se llama “Viva Rosario!”. Después vinieron los que empezamos a escuchar desde “Mi parrillada”, a fines de los noventa, hasta ahora. Si no fueran canciones tan gozosamente sucias y vitales podrían ser perfectos clásicos (pero decime si la palabra "clásico" no suena a frac o a christian dior). Son, más bien, temas "linyera".
En la mitad del recital Fito apareció con unos pantalones anchos y grises, distendido, con actitud de "no puedo abandonar mi onda de estrella popular pero sé que acá el escenario es el de mi guitarrista". Y también subió Pablo Dacal. Los tres hicieron “Polaroid de locura ordinaria” y “Lejos en Berlín”, un tema que cantaba en las apacibles siestas veraniegas en Firmat, con mi amiga La Dany, que ya había tomado la costumbre de tomarse algunas pastillas para aburrirse menos.
Nadie daba dos mangos por el pibe que subió a cantar "Joselito" (es un clásico eso de que Coki invite al público a cantar ese tema de Kiko) pero "el Masi" como dijo que se llamaba, la rompió. Y eso que hasta hacía un rato no paraba de tomar cerveza y de gritarle a Coki "soooo Dió!" mientras el otro se reía y ponía cara de "pibe, estás a punto caramelo". Igual, Coki también tuvo su momento "só dió" al tirarse a una suerte de mosh entre el público, con guitarra y todo. A esa altura, ya no tenía saquito entallado sino camisa blanca con jabot y una cara de alegría que lo hacía parecerse a un chico. "El rock no para", dijo al final mientras abajo hervía uno de esos pogos donde no hay violencia ni rabia sino fiesta que se estira más allá de los bises.
Al rato, Coki fue a El Diablito. Me hubiese gustado decirle que “No quise dañarla” tiene una mezcla de rock, tango y cumbia que explota como una bomba de fabricación casera y te clava las esquirlas en el corazón. Pero no me salió y además, es una frase un poco larga. Entonces le pregunté cómo estaba. "Feliz", dijo. Obvio. Una a veces pregunta giladas.