miércoles, 2 de mayo de 2012

El árbol

Te asomás. Dejo el libro entre las sábanas. No, no venís a la cama. Sólo vas a cerrar la puerta un rato para que el televisor no moleste. Tus gestos empiezan a ser cotidianos. Como las hojas que caen y el árbol, que ya no tiembla si queda desnudo.

sábado, 14 de abril de 2012

La piel metálica

El vagón del subte avanza sin apuro y la gente se acomoda en los asientos vacíos. Todos juntos sostenemos sus costillas, la piel metálica de un animal que se bambolea entre el polvo de la tarde.
Las bolsas que llevo en el regazo tienen dibujados caligramas y la cara de un oso panda que sonríe: salsa de soja, una botellita de sake, té de cristantemos, fideos de arroz.
Recuesto mi mejilla contra tu hombro. El vidrio de enfrente está sucio pero aún así veo nuestro reflejo, y sonrío. Comentás algo sobre el barrio chino que dejamos atrás, sobre la cena. Me preguntás si quiero dormir.
No puedo, en los subtes pasan cosas y hay que estar alerta, respondo. Me decís que ahora no es necesario estar alerta. Me besás el pelo. Te hago caso, cierro los ojos; escucho el sonido metálico de las ruedas contra la vía, el viento espeso que entra por las ventanas.
Es como si algo –un rastro de ceniza, un resto de escamas viejas- se dispersara con lentitud.

jueves, 1 de marzo de 2012

Con esta boca, en este mundo

El tipo es un pelotudo. Eso dice de sí mismo el que está hablando por esa radio que el taxista puso a todo volumen. “Soy un pelotudo…” seguido de una anécdota banal sobre el precio que pagó por unos fideos de exportación que le vinieron con cucaracha muerta. El chiste es celebrado por una chica que habla de “probar el paquete” y otro más que mezcla el paquete que lleva entre las piernas con las bondades de los labios de la chica y todo con música punchi punchi de fondo.
El taxista pega un manotazo sobre el asiento. Resopla. Otro semáforo en el que quedamos varados. Una cola de autos por delante, otra por detrás, camiones, motos que se abren paso como surfers avezados en esto de andar por arriba de las olas. “Todo es culpa de la yegua, que se le da por cerrar la calle para pasar, no vaya a ser que le pongan una bomba, que bien puesta estaría”, suelta el taxista. Es que la presidenta dará inicio a las sesiones legislativas en el congreso. Estamos por ahí cerca. Las cuadras están valladas, con policías con pecheras de un naranja furioso. Pienso que no tengo que responderle nada al taxista. Con ciertos taxistas no se habla. Para qué. Se sienten dueños de esas dos ruedas que transforman en bar, en escenario de sus dramas, en piecita donde tocarse la entrepierna cuando no hay pasajeros y se aburren. Entonces, para qué. Tengo una amiga cuyo marido es taxista. No le gustaría leer esto. Bueno, su marido no debe ser así. Y una no puede quedar bien con todo el mundo.
El problema es que el taxista no puede remontar la fila de autos. Eso lo pone frenético. Vamos a paso de hombre. No importa, salí con una hora de anticipación para llegar a la entrevista con una poeta que se ocupó de escribir de otra. De Olga. Es raro, Olga aparece en mi vida cada vez que espero. La primera vez, a comienzos de los noventa, yo estaba en un comité en Firmat donde íbamos los que militábamos más o menos orgánicamente en el Frente Grande. Yo no tenía edad de votar pero el clima asfixiante del menemismo no dejaba alternativas: o te volcabas a la idea de que había que viajar a Roma y volver contando que era una ciudad vieja, o te ponías a militar en algún lado o a quemarte la nariz con merca o a escuchar los Redondos o todo junto. A mí se me dio por lo primero. Y ahí estaba, esperando que llegaran unos compañeros para una reunión. Cuando apareció Don Molina. No recuerdo cómo se llamaba. Caminaba bamboleándose porque el cuerpo medio gordo ya no se sostenía en su eje. Pero el señor andaba siempre peinado, con unas camisas blancas y un Particulares medio caído sobre el labio. Cuando hacíamos un asado, de madrugada, le pedíamos puchos porque él era al único que le quedaban. Para entonces, ya habíamos fumado todo lo demás. Los Particulares eran el tiro de gracia para mis jóvenes pulmones, que al día siguiente se curaban con unos mentolados, los Kool, que tampoco nadie me pedía al final de la noche.
Pero Olga. No sé cómo apareció. Creo que hablamos de poesía, de Juan Gelman, de Oliverio Girondo, de Edgar Bayley, de Juana Bignozzi, de toda esa gente que una se podía servir de la biblioteca popular de Firmat. Un gusto, por ejemplo, toda la colección de poetas y narradores del Centro Editor de América Latina. En fin, un nombre fue llevando a otro y Don Molina me contó que había conocido a Olga. Y a la semana cayó con un libro de Olga, Con esta boca en este mundo.
Para una adolescente, ese título es una declaración de principios. No te pronunciaré jamás, verbo sagrado, / aunque me tiña las encías de color azul / aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro, / aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas / y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.
Olga fue una de esas personas que me enseñaron que hay misterios que no deben clausurarse. Claro que llevó tiempo. Recién ahora, por ejemplo, estoy empezando a aceptar que una no puede saber todo de un poema, de una persona, de cada mundo que se te aparece. Me hice periodista para averiguar cosas, para conocer mundos y ahora me encuentro con una escritora con la que haré eso llamado “clínica de obra” que me dice “y sí, a los periodistas les cuesta que sus textos literarios se le animen al delirio”. Puede ser, pero el delirio está en la calle y no puedo dejar de mirar eso con fascinación. Pero quizás sea hora de aceptar este asunto de los mundos misteriosos, que se van alineando como se les canta, y una no puede más que decir “ah” y buscar la forma de ordenar ese caos en una hilera de palabras que, de todos modos, nunca son suficientemente buenas.
Como el día que me mandaron de una revista, cuando ya estaba en Baires, a hacerle una guardia a Ernestina Herrera de Noble. Acababa de comprarme la antología de poemas de Olga que había publicado el Fondo de Cultura Económica. Allí estaba, otra vez, la boca de Olga, ese poema de la señora tomando sopa “se quedará sin fiesta, sin amor, sin abrigo”. Y yo me protegía de esa guardia que parecía al cuete (porque en una época me mandaban a hacer cosas que eran bien al cuete) con los poemas de Olga. Entonces se abrió el portón de la casa señorial y entró el auto de Magnetto y la señora que ya no sé si toma sopa pero toma todo, como la perinola, esperando a Magnetto y el fotógrafo y yo, ahí, volviendo a la redacción de raje con unas fotos frescas, recién cazadas, de un encuentro que era clave. Y más tarde Magnetto preguntándole a Fontevecchia cómo fue que se filtramos el dato, qué armas de inteligencia aplicamos. No sé, el periodismo te sorprende. Pero la sorpresa dura poco porque el periodismo, a la vez, te engulle y lo que hoy es importante dentro de un rato deja de serlo. Y a otra cosa.
Ahora, entonces, estoy aquí, con Olga, rozando el libro con los dedos mientras pasan los minutos y pienso que ya está bien. Una hora y pico arriba del taxi para llegar a Scalabrini Ortiz y Córdoba. La poeta no me espera ya. Le explico la situación de la demora, que la ciudad colapsó, que a Macri se le dio por no hacerse cargo de los subtes porque es como un adolescente siempre triste, enfermo de boludez, que en el fondo nunca jugó a la pelota. Será por eso, porque nunca jugó a la pelota, que no entiende mucho de cierto espíritu colectivo necesario para hacer política. Él se enoja y se lleva la pelota a la casa. Ni siquiera, la deja ahí, con desgano, mañana puede comprar otra pero nunca alcanza. No, no le digo todo esto a la poeta, que de todos modos empieza a las vueltas, que ya se va, que lo dejamos para otro día.
Una ambulancia avanza de manera trabajosa entre esa multitud de autos que se corren como animales cansados. La sirena tapa la voz de la poeta. Veo el perfil del tipo que maneja la ambulancia. Es pelado, tiene lentes, gesto grave, me pregunto en qué va pensando. No quisiera estar en su lugar. Con todo, si la poeta sigue enojada, no pasa nada. Sé que es rubia, sé que mañana se le pasará, sé que ni su vida ni la mía están en ese instante en juego. Sé que una nota más o una nota menos no son en el fondo, nada. El de la ambulancia va rumbo a un misterio pesado, nada poético. Que le abran paso. Que lo dejen ir. Que esta ciudad que hoy me muerde los talones se vaya sosegando mientras cae la tarde. Luego, a la noche, haremos las pases ella y yo, solas, cuando nadie mire, en la intimidad de una ventana que sólo nosotras conocemos. Olga, yo quiero abrigo. No quiero quedarme sin fiesta, sin amor. Pero en este sencillo acto acepto que me lleva una corriente secreta. Todo lo que tengo es mi boca para nombrarla. En el mundo que me ha tocado. Olga, ¿eso es suficiente?

miércoles, 8 de febrero de 2012

Ningún rastro

Su territorio llega
hasta el tejido de alambre.
Ahí sacó yuyos
abonó la tierra
crió nietos,
nunca hizo caso de cierta molestia
entre dos costillas.

Cuando el médico preguntó,
Amelia pensó en otra cosa, en
la época de lluvias.
Él fue insistente.
Ella se negó.
Con alguien así no se puede hablar
y para qué.

Riega el níspero.
El jardín está inmóvil a su alrededor.

Es raro: nubes cargadas
y ningún rastro de tormenta.

domingo, 1 de enero de 2012

Entrevista con Jacobo Siruela

Fue editor de la mítica editorial Siruela y hace unos años apostó a un nuevo proyecto, Atalanta. Tiene un título nobiliario y un conocimiento envidable sobre el mundo de los sueños, los vampiros y las culturas medievales. El texto, acá

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Diciembre 2001

Acá, una columna que escribí a partir de la fotografía tomada por Héctor Río y expuesta en el marco de una muestra que realizó la Asociación de Reporteros Gráficos (ARGRA)

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viernes, 30 de diciembre de 2011

Fin de año en la peluquería

Sandra tiene ojos azules, pero no son de veras. Son lentes de contacto. También tiene un tatuaje medio tumbero de una luna sobre el hombro izquierdo. La luna parece temblar como un reflejo de agua cuando ella entra en la peluquería y agita una sidra helada en el aire. "¡Ey! ¿Se brinda o no se brinda acá?", pregunta. Clarita levanta sus ojos maquillados de rosa con unas pestañas postizas puestas medio así nomás porque hoy se levantó temprano y no tuvo tiempo de acomodarlas mejor. "Hola nena, dale, ahora brindamos", dice. Y vuelve a su trabajo. Frente a ella hay una señora vestida de verde. Tiene un brushing vaporoso y unos lentes que le cuelgan de una cintita y se apoyan sobre su escote como si estuvieran dormidos. La señora lleva un yeso; de ahí sobresalen sus dedos. Clarita le está pintando las uñas con aplicación: una capa de porcelana, otra de esmalte plateado... ¡de esmalte plateado! ¿Qué hace una señora tan formal con las uñas pintadas como una adolescente fumona?
Yo no pregunto. Sigo leyendo. Llegué hace un rato, antes que Sandra. A mí me atiende Daniela, la hija de Clarita, que te pinta las uñas como los dioses. Pero la chica está haciendo una depilación en un cuartito de atrás así que tengo que esperarla. Entonces, mientras tanto, leo Para Tí. "Dale, leé tu horóscopo chino para el próximo año", alienta Clarita mientras me instala en un sillón, con la Para Tí, Dos Vanidades y una Cosmpolitan que en la tapa propone "hacele todo lo que lo vuelve loco y no le hizo su ex".
No entiendo esas revistas para mujeres que en lo único que piensan es en los hombres y cómo complacerlos. De todos modos, tampoco tengo mucho tiempo para pensar en el asunto. Porque Clarita me pide que lea en voz alta su horóscopo. Ella nació en 1955. Así que es cabra. "Ah, yo nací un año antes, después fijate y leeme a mí", pide la señora del yeso y las uñas plateadas.
Dejo la Cosmopolitan de lado, abro la Para Tí y empiezo por Clarita: "Has recorrido una montaña escarpada, has desafiado tormentas pero ahora llega el momento de pastar con tranquilidad y disfrutar...", empiezo con tono neutral. Es gracioso todo eso de la parábola de la cabra, pienso, pero no quiero decirlo. "Eso es una verdadera mierda", sentencia Sandra sin pelos en la lengua. Y se sienta a mi lado.
Clarita explica que Sandra sabe "de cosas de la magia, del tarot, el horóscopo, los espíritus". "Vos le preguntás y ella te contesta", agrega. La señora del yeso y yo la miramos sin entender. Pero la misma Sandra deja la botella en el piso y explica: "Es un poder que me viene de lejos, de mi bisabuela, en mi familia todos sabemos". Luego se interrumpe. Y pregunta si vamos a brindar o no.
Clarita lo llama a Jonatan, su otro hijo, peluquero, que está durmiendo en la habitación contigua a ésa donde Daniela hace depilación. Es que son las once de la mañana y el chico, que la tiene muy clara con las tijeras, se fue a descansar un rato porque salió de fiesta anoche y no hay clientes para él. "Jonattttan, Jonatttan", insiste Clarita hasta que el otro aparece. "Conseguí unos vasitos, querido, así brindamos. Dale, destapá la sidra, hacé algo por mamita". El pibe desaparece y vuelve con un único vaso de plástico con sidra hasta el borde, que le entrega a Sandra. Ella dice "salud" y toma una buena parte. Luego sigue contando lo de los espíritus, que ella sabe astrología, numerología, abrir registros akáshicos, todo sabe.
"Yo veo al Sagrado Corazón", aporta Clarita. Y dice que cada mañana, cuando abre la peluquería, también prende una vela a una estampita del Sagrado Corazón que tiene arriba de un armario. Después se pone a acomodar. "Y siempre a la hora de limpiar el piso, sobre las baldosas, se me aparece".
La señora del yeso mira sin creer. Entonces Sandra le pregunta la fecha de su nacimiento. La señora responde. Sandra dice: "vos sos una persona con mucha culpa. Preferís matarte a ver sufrir a tus hijos". Y luego explica cosas sobre Saturno y la cuadratura con Júpiter y la señora asiente y pone cara de que ahora sí cree.
"El horóscopo chino es una mentira --continúa Sandra--. Yo siempre se lo digo a Susana Roccasalvo. Susana vive por acá", y hace un gesto difuso, que no indica un lugar en particular. Sigue: "Pero yo le tengo prohibido que comente en sus programas de chimentos quiénes vienen a verme".
Mientras tanto, Clarita me explica que Sandra tiene el local de tarot al lado de la peluquería, ese que tiene en la puerta un poster de San Expedito y una Yemanyá. Sandra sigue hablando de sus clientes famosos (pero sin dar nombres porque ella es discreta, dice, porque su trabajo sin discreción es imposible).
Daniela no se desocupa. Yo me enojo porque hace como dos horas que espero. Sandra me dice que se me nota lo nervioso por el Escorpio que tengo en el ascendente. Clarita le dice a la señora del brushing que no se ande tocando las uñas recién pintadas con los dedos, que se marca todo y queda feo. Y a mí me dice que ahora se fija si Daniela tiene para mucho. Sandra dice que ella puede venir en un rato, y que al fin, se tomó toda la sidra sola, que feliz años nuevo. Y se va.
La señora del yeso me susurra que quedó impactada, porque de veras que ella es como dice Sandra, que cuando se va a tomar un café sola se siente culpable de tener un rato para ella. "A lo mejor voy de Sandra y el año que viene me curo", agrega y se encoge de hombros mientras agita el yeso en el aire, así las uñas se secan más rápido.